«Mostrar, no contar» invita a los escritores a representar la experiencia — acción concreta, gesto, detalle sensorial — en vez de resumirla («estaba nerviosa»). Mostrar deja al lector sentir e inferir, lo que es más inmersivo y confía en su inteligencia.
Como toda regla, es situacional: contar es la herramienta correcta para transiciones, resumen y ritmo. La destreza está en saber cuándo un momento merece dramatizarse y cuándo debe despacharse en una línea. Se combina con el deep POV, que muestra la interioridad de forma directa.
Contar: «Estaba furiosa». Mostrar: «Apoyó la taza con mucha suavidad, como solo lo hacía cuando quería arrojarla».